Luego de siglos de olvido, gracias a las investigaciones de Jorge Bertín Nicolás Salazar, se han logrado encontrar evidencias de lo que pueden ser consideradas disciplinas marciales prehispánicas que se mantienen hasta nuestros días, algo de lo que nos platica en la cuarta entrega de esta serie.

Por Jorge Bertín Nicolás Salazar*

La conquista y la llegada de la cultura occidental en México causó un cambio drástico de la cultura guerrera de los pueblos prehispánicos, al grado que la llevó casi al punto de su desaparición, o una transformación radical.

Los guerreros prehispánicos, al final, se volvieron parte de las tropas españolas para conquistar el norte de México y Centroamérica, e incluso, las Filipinas; sin embargo, después de eso, comenzó la censura y el desuso de estas antiguas prácticas.

Los virreyes decretaron leyes para que los indígenas no usasen armas de metal, de fuego o montar a caballo; en tanto, la iglesia quemó los códices alusivos a la guerra y mandó a destruir templos y antiguas escuelas.

A eso hay que sumarle siglos posteriores de cambio social donde los indígenas tuvieron que cambiar costumbres y herramientas por falta de trabajo y tuvieron que migrar a las ciudades u otros países.

Ante este escenario de cambios abruptos, la tradición guerrera de Mesoamérica sobrevivió en cosas muy sutiles y casi imperceptibles, que aún pueden apreciarse en varias zonas.

Foto del Archivo Casasola donde se aprecia un batallón de arqueros yaquis preparados para la batalla. A pesar del uso de armas de fuego, el arco y la flecha tenía ventaja en combate, gracias al conocimiento del terreno que tenían los indígenas. Foto Cortesía.

A la fecha, los pueblos indígenas actuales conservan algunas cosas de esta tradición guerrera en sus herramientas y armas tradicionales; en el mejor de los casos, los pueblos indígenas han practicado juegos y combates rituales que nos permiten ver cómo pudieron ser  las técnicas y los ejercicios para  que los antiguos guerreros se preparasen para el combate.

Empecemos por las armas, ya que a pesar de que hubo varias leyes que prohibieron a los indígenas usar armas tradicionales, algunas no pudieron desaparecer porque eran imprescindibles para poder sobrevivir y proveerse de alimento.

Armas como la honda sobrevivieron en muchas comunidades indígenas y siguieron usándose con destreza. Los valles centrales de Oaxaca, son un lugar donde se usa la honda hasta la fecha.

Se sabe que, en algunas guerras mexicanas como la intervención francesa, indígenas honderos diezmaron contingentes tirando piedras desde los cerros. El arco también sobrevivió y fue en el norte de México donde esta arma fue más usada.

Etnias como los yaquis lo usaron para pelear contra el gobierno mexicano, incluso, se sabe que arqueros yaquis apoyaron al ejército revolucionario de Álvaro Obregón como exploradores y las flechas se enfrentaron con las balas.

El atlatl o lanzadardos aún se usaba en la zona de Texcoco y el lago de Pátzcuaro para cazar patos. Esta arma no desapareció por ninguna ley, sino por la desecación de los lagos y la falta de animales para pesca.

Indígena nahua con atlatl en la región de Texcoco, a principios del siglo XX, cuando se utilizaba esta arma para la caza de patos y aves lacustres. Foto Cortesía.

Las luchas y los juegos rituales no podemos considerarlos artes marciales como tal, aun así, son importantes pues son los que sobrevivieron de esta tradición guerrera.

En el norte de México en cada semana santa, se realiza el najarupame o la lucha rarámuri, que consiste en un tipo de lucha consiste en la que se busca derribar al oponente y ponerlo espaldas planas.

Para ello, cada combatiente lleva una faja amarrada en la cintura y los luchadores se toman todo el tiempo de las fajas y con zancadillas, empujones y cargadas, se busca proyectar al suelo al oponente. Este ritual representa la lucha del bien contra el mal que ocurre mientras el cristo sol muere y renace.

Lucha rarámuri o najarupame, en la que se busca derribar y poner espaldas planas al adversario. Al igual que en las luchas tradicionales de Guerrero, no se pueden usar los pies. Foto Cortesía.

En la sierra de guerrero, a principios de mayo, se practican combates rituales que tienen como objeto pedir la buena lluvia, las cuales son conocidos como atzatzaliztli o peleas de tecuanes, donde los peleadores practican una especie de boxeo, donde buscan hacerse sangrar, pues se considera que entre más sangre brote, más fuerte será la lluvia.

En otros pueblos de la misma sierra, como en Zitlala, también se pela hasta sangrar; sin embargo, en ese pueblo la tradición es combatir con mazas hechas de cuerda trenzada.

En otros pueblos, como en Chilpancingo, estos combates se practican luchando y buscando derribar al oponente y someterlo en el suelo.

A pesar de todas estas variantes, lo común es que los peladores vistan con máscaras en forma de cabezas de felinos y trajes de algodón con manchas y rayas, haciéndonos ver un pequeño eco de cómo pudieron lucir los guerreros jaguar.

También en la época de carnaval, en estas zonas se practica un combate ritual llamado la pelea de xochimilcas, con la que se recuerda el tiempo en que los guerreros yopes enfrentaron a los mexicas, engañándolos vistiéndose como mujeres para emboscarlos y donde los peleadores rituales se visten con huipiles y faldas, y a puño limpio, se golpean a la cara hasta sangrar.

En el istmo de Tehuantepec, en la zona de Oaxaca, también se practicaba la lucha como un juego tradicional, el cual era llamado xupa porrazo o caída de dos, la cual es similar a la lucha rarámuri, consistente en derribes a espaldas planas, en las cuales también los luchadores iban fajados.

Pelea de tecuanes en Zitlala, Guerrero. En este tipo de combates se usan un tipo de marros o cachiporras hechos de cuerda trenzada, a los cuales les llaman cuarta o chirrión que es mojada en mezcal, para usarse a una o dos manos. Foto Cortesía.

Como podemos ver, pesar de siglos de cambio, prevalecieron algunos elementos de estas tradiciones marciales, a pesar del intento por desaparecerlas y la indiferencia, ha podido prosperar hasta nuestros días, aunque no es un cuadro completo, como el que vemos en Asia o Europa con antiguas artes de la guerra.

Es por ello que, en el caso de la tradición marcial prehispánica, se presenta un reto diferente, el cual es, básicamente y principalmente, el de la investigación de evidencias originales donde, al igual que en el caso de una vasija rota, se trata de encontrar cada uno de sus pedazos, para poder reconstruirla adecuadamente.

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*Jorge Bertín Nicolás Salazar, es Pasante en Arqueología por la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH); practicante de artes marciales orientales y occidentales, además de promotor de artes marciales prehispánicas.

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